Predestinación de los no condenados
“No he venido a llamar a
los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan” (san Lucas 5, 27-32).
El Evangelio escrito y
recibido por los evangelistas y los apóstoles, no puede tener agregados,
supresiones ni alteraciones, aunque provengan de santos proclamados por la Iglesia.
En su mayoría, el Magisterio de la Iglesia no es definitivo ni
inmutable como por ejemplo, el que da testimonio de Jesús como Hijo de Dios.
Es
tarea del Magisterio modificar, ampliando o mejorando, enseñanzas impartidas
durante los pontificados. Grandes diferencias entre el Catolicismo y el
Protestantismo, son sobre el oficio y la autoridad del Papa y la sucesión
apostólica en la Iglesia. Es sorprendente comprobar (lo decimos en el año 2016)
en distintos medios y sitios web católicos, que algunos articulistas difunden
convicciones protestantes criticando a la Iglesia y los documentos producidos
por el vicario de Cristo. El Papa señala que debemos realizar obras donde a la
caridad espiritual se una la solidaridad material. S. S. Francisco nos recuerda
que la caridad abarca la solidaridad para hacer más justo y habitable el mundo.
El hombre es causa segunda por la gracia y siguiendo la lógica del amor de
Dios, procura con obras de misericordia erradicar, por ejemplo, las prácticas
abortivas.
S. S. Francisco predica
- desde que es sacerdote- sobre los sacramentos, como la Penitencia y la
Eucaristía, necesarios para la salvación; las reiteradas caídas del estado de
gracia (que no es representado por la prosperidad material o económica); la
naturaleza sagrada del matrimonio y la familia; la correspondencia entre fe y
obras, la confianza en que Dios nos transforme con su gracia- a pecadores-
moviendo nuestra voluntad para merecer la gloria eterna; la misericordia en la
evangelización; la unidad
plena y visible entre todos los cristianos; la devoción a la Virgen; la paz del Señor.
S. S. Francisco, acompañado por el Espíritu
Santo, está desintoxicando de toda falsificación al Evangelio y recuperando la
Iglesia para nosotros pecadores, deteniendo la sangría apóstata de los últimos
siglos.
Aun la materia que presenta fenómenos aleatorios, es gobernada con las leyes universales creadas para el plan de Dios.
Los Mandamientos, los Sacramentos, si bien genéricos para toda la humanidad, corresponden en sentido específico a cada individuo.
También las gracias actuales que, en principio, corresponden genéricamente a todas las creaturas, se avienen “con la naturaleza individual, propia, única e irrepetible de cada hombre singular y concreto, y así cada gracia actúa en cada individuo de modo diferente” (Eudaldo Forment, sobre Summa Contra Gentiles, II, c. 18).
«Y así como todos los hombres por el pecado del primer padre nacen sometidos al castigo, aquellos a los que Dios libera por su gracia, por su sola misericordia los libera; y así, con algunos es misericordioso, con los que libera; y con otros es justo, con los que no libera, y en ningún caso es injusto» (Santo Tomás, Comentario a la Epístola de San Pablo a los Romanos).
Dios mueve con su gracia al arrepentimiento, conversión y perseverancia final a pecadores elegidos.
Aun la materia que presenta fenómenos aleatorios, es gobernada con las leyes universales creadas para el plan de Dios.
Los Mandamientos, los Sacramentos, si bien genéricos para toda la humanidad, corresponden en sentido específico a cada individuo.
También las gracias actuales que, en principio, corresponden genéricamente a todas las creaturas, se avienen “con la naturaleza individual, propia, única e irrepetible de cada hombre singular y concreto, y así cada gracia actúa en cada individuo de modo diferente” (Eudaldo Forment, sobre Summa Contra Gentiles, II, c. 18).
«Y así como todos los hombres por el pecado del primer padre nacen sometidos al castigo, aquellos a los que Dios libera por su gracia, por su sola misericordia los libera; y así, con algunos es misericordioso, con los que libera; y con otros es justo, con los que no libera, y en ningún caso es injusto» (Santo Tomás, Comentario a la Epístola de San Pablo a los Romanos).
Dios mueve con su gracia al arrepentimiento, conversión y perseverancia final a pecadores elegidos.
En la predestinación de los no condenados, la gracia de la perseverancia final es para los elegidos para la gloria eterna.
Todos merecemos
condenación, pero Dios juzga unos pecados mortales más graves que otros, y con
su misericordia elige y transforma a pecadores moviéndolos con su gracia al
arrepentimiento y reconciliación definitivos.
El dogma de la Predestinación es de gran belleza para nuestro
entendimiento. Asombra con perfecta lógica para la comprensión de la naturaleza
de Dios y nuestra creación con la salvación para la vida eterna. Pero es de
difícil aplicación en la evangelización porque, a diferencia de la existencia
de Dios, no se presenta como intuición. La negación de Su existencia pretende
justificar el pecado, pero también se niega a Dios si suponemos que nos
salvamos por nuestros propios méritos.
“La vida eterna es un fin que excede la proporción de la naturaleza
humana; por lo cual el hombre, con sus fuerzas naturales, no puede hacer obras
meritorias proporcionadas a la vida eterna, sino que para esto necesita una fuerza superior, que es la fuerza
de la gracia. Luego sin la gracia no puede merecer la vida eterna. (Suma
Teológica, Parte I-II, q. 109, art. 5, in c.).” Las criaturas están ordenadas
por Dios a un doble fin. Un fin natural y otro sobrenatural. El pecado tiene
consecuencias naturales y sobrenaturales. El hombre quiere el mal, “como bien
aparente”, desde el comienzo de su existencia porque realiza todo lo que le
place de inmediato, aun oponiéndose a la ley de Dios. Así todos los hombres
merecen su condenación, pero Dios elige a sus predestinados a la gloria eterna
y los libera con Su gracia del pecado, moviendo el libre albedrío al
arrepentimiento y reconciliación. La gracia suficiente dada a todos los hombres
para su fin sobrenatural, puede ser rechazada por su naturaleza caída por el
pecado original.
En uno de sus artículos sobre la gracia, “El que quiere... ¿puede?”
(15/04/2017), Luis Fernando Pérez Bustamante cita Romanos 7, 18-19: ´´ ( ) nada
bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a
mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino
que obro el mal que no quiero´´ (Rom 7, 18-19).
“Con nuestra capacidad de discernimiento sobre el bien y el mal, los
Mandamientos, Nuestro Señor Jesucristo, los Sacramentos, la gracia santificante
acompañada por las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo y las
gracias actuales, Dios mueve a evitar y combatir el pecado, pero lo permite. De
las gracias actuales, las gracias suficientes pueden ser rechazadas por esta
permisión divina, mientras que, si no son rechazadas, la gracia eficaz mueve
infaliblemente la libre voluntad del hombre hacia su salvación y por la
perseverancia final a la bienaventuranza sobrenatural de la visión de Dios. La
gracia santificante integra al hombre con las virtudes infusas y los dones del
Espíritu Santo. Estas facultades sobrenaturales, virtudes y dones, para ser
ejercidas necesitan la moción divina de las gracias actuales. Estas gracias,
además de disponer al alma a recibir la gracia santificante cuando todavía no
la tiene, la mueven a recuperarla cada vez que se pierde por el pecado” (de
un comentario que enviamos a Alonso Gracián por su artículo, acerca de la
gracia santificante y las virtudes infusas, el 23/03/16).
Él nos da la gracia suficiente-
a todos- que entonces tenemos la ‘capacidad de hacer’ (desde conocer y
entender) el bien; y la gracia eficaz también actuando en todos, aunque no
siempre, con la que ‘realizamos de
hecho’ el bien. Unos se condenarán eternamente sin arrepentirse de todos sus
pecados al rechazar la gracia suficiente (por su culpa), y a otros
predestinados la gracia eficaz los llevará a perseverar hasta la salvación.
Unos se condenan por su culpa mientras otros son salvos. Dios no puede ser
frustrado por su creación. Como unos merecen su condenación eterna posterior a
la previsión de sus culpas, otros son elegidos por Dios y predestinados a la
bienaventuranza eterna “ante praevisa merita”.
En Jesucristo, como persona de la naturaleza divina y su condición de
verdadero hombre con su naturaleza consubstancial, la gracia personal es
“absolutamente infalible”. Hay teólogos que explican la salvación
exclusivamente con la redención por Nuestro Señor Jesucristo de todos los
hombres- tomando para sí toda condenación- y con la gracia santificante
recuperada con el Bautismo. Señalan que en Jesucristo se ha manifestado el amor
de Dios para todos los hombres y por eso todos estamos elegidos. Para esto se
reconoce “una gracia capital” en Cristo,- que no es una gracia distinta sino un
aspecto de esa misma gracia personal-, con su acción santificadora sobre todos
los hombres según algunos, o a los miembros de la Iglesia según otros.
Otros teólogos enfatizan que la Redención de todos los pecados y el
Bautismo para recuperar la gracia sobrenatural, no significa que el hombre deje
de perder reiteradamente, por el pecado, el estado de gracia santificante. Hace
falta entonces la moción de la voluntad humana llamada gracia actual, que puede
ser eficaz o suficiente. La gracia
suficiente puede ser rechazada (Dios permite el pecado) mientras que la gracia
eficaz libre e infaliblemente mueve a obrar el bien.
Dios creó al hombre en estado de justicia original (con la gracia santificante y suspensión de la mortalidad). Con gracia actual suficiente con su mandamiento o prohibición, aunque con permisión del pecado. Ya el primer hombre pecó desobedeciendo. En un principio aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir, hasta que pecó. Dios permite el pecado, que nunca pierde dimensión como negación del bien. Jesús se acerca al pecador, pero no admite la falta cometida. A la adúltera “Jesús le dijo: tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (San Juan 8,11). El Espíritu Santo hace al hombre uno en Jesucristo. Desde el Bautismo y por Su gracia cada hombre puede y obra para reconciliarse y recuperar la gracia santificante para su salvación, porque continúa expuesto constantemente al pecado.
Nuestro Señor Jesucristo fundó la Iglesia para que recibamos las ayudas necesarias para nuestra salvación. Los frutos de Su Pasión son para los pecadores predestinados para la gloria eterna. Recibimos de Nuestro Señor Jesucristo la norma concreta y plena de toda actividad moral, con la libertad de no cumplir la voluntad de Dios. La preparación de nosotros pecadores para acoger la gracia es ya una obra de la gracia. Dios, con su justicia y misericordia, corresponde con la gracia de la perseverancia final o su ausencia, al desarrollo de la conciencia y voluntad a través de la totalidad de cada vida. El Mandamiento es universal, cada conciencia moral es particular y la acompaña la Iglesia.
Si no existiera Dios tampoco la lógica. Aquí el axioma es que Dios existe. Y en este tema los razonamientos se refieren nada menos que a la naturaleza de Dios. El amor de Dios es gratuito para sus elegidos desde la eternidad sin contradecir nuestra libertad. Por Su voluntad nuestros méritos son por participación del designio divino porque Dios mueve y excita el libre albedrío, desde la mejor elección para que lo invoquemos, pues el hombre no puede nada bueno sin Dios.
La Iglesia reconoce la libertad
teológica para mantener algunas tesis distintas sobre la gracia.
La existencia de la gracia solamente suficiente y de la gracia eficaz
es un punto de doctrina admitido por todos los católicos y contenido en el
depósito de la Revelación.
Para los tomistas (por Santo Tomás de Aquino) la gracia eficaz no
depende del consentimiento de la creatura y cuando está presente mueve
infaliblemente a la voluntad a la realización de actos libres y de hecho nunca
es rechazada. Para los molinistas (por el sacerdote jesuita Luis de Molina) la
gracia se vuelve eficaz por el consentimiento de la creatura.
Dios ama a todos los hombres, pero ama más a los más santos. De hecho,
son más santos porque Dios les ama más. Es más, Dios ama todo lo existente que
crea, que es para bien, mientras que el mal es su negación o no-ser. Dios ama a
todos los hombres, con el evangelio, la oferta de salvación con su Hijo
encarnado y el llamado al arrepentimiento con la gracia suficiente y sus
mandamientos. Con Su amor, justicia y misericordia elige al crearlos a quienes
serán salvos para la vida eterna. El amor de Dios con la gracia eficaz es para
que los que creen no se pierdan aun como penitentes arrepentidos. Dios quiere
el bien para cada ser existente y a cada hombre le da a conocer el camino para
su salvación aunque en algunos permite su perdición. Dios ama menos a determinados pecadores y
elige, para su arrepentimiento y conversión, con la gracia eficaz para la vida
sobrenatural, a quienes ama más.
Dios
es acto puro y pura forma, sin composición física ni metafísica. Aristóteles lo
considera como acto puro porque en Él no se encuentra ninguna potencialidad y
es eterno e inmutable.
La naturaleza de Dios es absolutamente ‘gigantesca’ respecto a toda infinitud imaginable. Dios decreta nuestra salvación por la gracia. No decreta nuestra condenación (sería absurdo que nos creara con este fin). No hay doble predestinación divina a la salvación y a la condenación. Aunque lo prevé Dios no quiere el pecado, simplemente lo permite. Su gracia nos mueve a rogar que nos cuente entre Sus elegidos. Desde la eternidad “antes de la fundación del mundo”, Dios, para quien no transcurre tiempo, de todo el género humano, a unos los condena con posterioridad a la previsión de sus propias culpas, y a otros los elige- antes de la previsión de sus méritos- predestinándolos a la salvación.
La naturaleza de Dios es absolutamente ‘gigantesca’ respecto a toda infinitud imaginable. Dios decreta nuestra salvación por la gracia. No decreta nuestra condenación (sería absurdo que nos creara con este fin). No hay doble predestinación divina a la salvación y a la condenación. Aunque lo prevé Dios no quiere el pecado, simplemente lo permite. Su gracia nos mueve a rogar que nos cuente entre Sus elegidos. Desde la eternidad “antes de la fundación del mundo”, Dios, para quien no transcurre tiempo, de todo el género humano, a unos los condena con posterioridad a la previsión de sus propias culpas, y a otros los elige- antes de la previsión de sus méritos- predestinándolos a la salvación.
Enseña santo Tomás de Aquino: “Así como la predestinación incluye la
voluntad de otorgar la gracia y la gloria, así también la condenación incluye
la voluntad de permitir a alguien caer en culpa y recibir la pena por la
culpa”. La condenación es por Su voluntad consecuente.
Dios es en su eternidad. Es Acto Puro. En Su actualidad sin sucesión,
es causa de todos los momentos del tiempo. Dios nos crea en la historia que ya
conoce antes de que hayamos percibido/transcurrido nuestro tiempo y cuyos
cambios ya están cumplidos en Su eternidad, sin eximirnos de ser causas
segundas en su plan salvífico para el que no debemos ceder a ningún quietismo o
fatalismo. En la actualidad de Dios, que en su eternidad es creador del tiempo,
podría decirse que nuestras vidas temporales ya transcurrieron. Que Dios,
predestina y reprueba en su eternidad, con “anterioridad” a nuestra existencia
actual (con anterioridad a nuestra existencia actual y a la existencia actual
de Julio César, san Juan Pablo II, etc.), no debe confundirse con su previsión
para la justicia cuando condena “luego” de la previsión de deméritos en
aquellos que se pierden por sus propias culpas, ni para la misericordia cuando
predestina a sus elegidos “antes” de la previsión de méritos y grados de
gloria.
Señala el Catecismo de la Iglesia Católica en en 488: "Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle un cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27): «El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la Encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida» (Lumen Gentium 56; cf. 61). Se explica la predestinación al consentimiento de la virgen María, con la enorme gracia que Dios le otorgó desde su Inmaculada Concepción.
Señala el Catecismo de la Iglesia Católica en en 488: "Dios envió a su Hijo" (Ga 4, 4), pero para "formarle un cuerpo" (cf. Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27): «El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la Encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida» (Lumen Gentium 56; cf. 61). Se explica la predestinación al consentimiento de la virgen María, con la enorme gracia que Dios le otorgó desde su Inmaculada Concepción.
“Dios, cuando crea a Adán ante sus ojos divinos ve erguirse la imagen
preciosa de su Hijo que un día se haría hombre... (Jesucristo, el Nuevo Adán,
en RIIAL)”.
La
importancia de la oración es reconocida por santo Tomás reiteradamente, y se
refiere concretamente a la actividad libre del hombre en el esquema de la
predestinación. “Por lo tanto, así como Dios provee los efectos naturales de
modo que también tengan causas naturales sin las cuales no se producirían, así
también la predestinación de alguien a la salvación por Dios es de tal modo que
también en la predestinación está comprendido todo lo que promueve la salvación
del hombre, bien sean sus propias oraciones o las de los demás, u otras cosas
buenas sin las que alguien no alcanza la salvación. Por eso, los predestinados
deben esforzarse en orar y practicar el bien, pues de este modo se realizará
con certeza el efecto de la predestinación” (Sto. Thomas, I, Q. XXIII, a. 8).
Santo Tomás se ajusta a la Sagrada Escritura
en cuanto a una predestinación ya decretada por Dios.En palabras del Apóstol en 2 Pedro 1,10: “por
tanto, hermanos, poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y
vuestra elección. Obrando así nunca
caeréis”.
Una de las más importantes peticiones de la Liturgia, es para que Dios
nos libre de la condenación eterna y nos cuente entre sus elegidos.
Nuestra
confianza en la gracia, con la oración, como nos enseña Jesús: “hágase tu
Voluntad así en la tierra como en el cielo”.
Sobre
la Voluntad divina dice San Pablo en Efesios 1, 3-6: “Bendito sea el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de
bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido
en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su
presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos
por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de
la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado”.
La relación real entre Dios y el hombre no puede implicar una relación
mutua de igual rango por ambas partes, pues Dios no sería Dios, ni el hombre
sería creatura. Cuando Dios crea la sustancia compuesta (alma y ‘materia’) que
es cada hombre, lo participa de su naturaleza divina con su gracia o bondad,
que tiene admirable efecto en el alma para mover la voluntad o libre albedrío
conforme a sus mandamientos. La gracia eficaz infaliblemente perfecciona la
esencia del alma en la substancia que es el hombre como realidad en sí. La
gracia es forma accidental del alma pero de naturaleza más noble. “El accidente
es superior a su sujeto”. Sustancialmente la gracia siempre es divina, pero con
ella Dios crea a los hombres destinando la voluntad de sus elegidos a la
perseverancia final para su salvación, mientras que en otros, que con culpa se
apartan de Él, sin recurrir como los elegidos a la reconciliación para
recuperar la gracia santificante recibida por el Bautismo, permite su
condenación.
La
primera pareja humana vivía en estado de gracia único. Es por la caída del
hombre que el Hijo encarnado redime a la humanidad, tomando para sí toda
condenación y haciendo recuperar al hombre, con el sacramento del Bautismo, la
gracia santificante.
Pero la Redención de todos los pecados y el Bautismo para recuperar la
gracia sobrenatural, no significa que el hombre deje de perder, por el pecado,
el estado de gracia. Hace falta entonces la moción de la voluntad humana
llamada gracia actual, que puede ser infalible o suficiente, según vaya
acompañada o no de las obras buenas correspondientes.
No hay gracias que muevan al mal y las gracias actuales suficientes (no
deben confundirse con una especie de gracia habitual como es la santificante)
son rechazadas ‘libremente por la voluntad’ porque Dios lo permite. Hay gracias eficaces que acompañan la creación
del hombre y lo mueven infaliblemente al acto libre bueno.
Domingo Báñez, uno de los principales comentadores de Santo Tomás de
Aquino, explica que la gracia suficiente “inspira al hombre el camino recto”.
La gracia suficiente, cuando no es rechazada, dispone a la voluntad para
recibir el auxilio infalible de la gracia eficaz. Se puede entender esto,
porque recibimos y tenemos gracias suficientes como tenemos los Mandamientos, a
Jesucristo, el Evangelio, el Bautismo, la Reconciliación, la Eucaristía… y Dios
permite el pecado. Es evidente que pecamos y algunos con mayor gravedad que otros.
Dios aborrece todos los pecados, pero no todos los pecados mortales tienen la
misma gravedad. Jesús dijo a Pilato: “el que me ha entregado a ti tiene mayor
pecado” (San Juan 19,11). Cuando pecamos rechazamos la gracia suficiente. Y si
no la rechazamos, recibimos el auxilio de la gracia eficaz e infalible para
realizar la obra buena cual sea. Significa definitivamente que nos condenamos
por nuestra exclusiva culpa y que nos salva la gracia de Dios.
Aquí es importante apuntar que San Alfonso María de Ligorio propone
como explicación que “la gracia suficiente da a cada uno la acción de rogar si
quiere, actividad que debe ser numerada entre las cosas fáciles; y con la oración
se consigue la gracia eficaz” (Obra dogmática contra los herejes). Marín-Sola
reconoce que, “la oración del pecador, como enseña santo Tomás se funda en pura
misericordia divina, y, por tanto, la infalibilidad de la impetración, mediante
la oración, no quita en nada el carácter completamente gratuito de lo
impetrado, esto es, de la perseverancia final, ni, por consiguiente, de la
gratuidad de la predestinación”.
No
se puede dudar de la necesidad de insistir en la oración y en recibir los
Sacramentos. Y todo nos mueve a confiar en que sus efectos alcanzan a Dios, y
que es así en circunstancias y momentos oportunos. Ciertamente nos sentimos felices cuando
‘comprobamos’ que cumpliendo sus mandamientos y realizando de hecho el bien,
aumentamos la esperanza de que Dios en su eternidad ‘ya’ nos cuente entre sus
elegidos. Se atribuye erróneamente a san Agustín la máxima “Si non es
prædestinatus, fac ut prædestineris ". Esta lógica categórica e inmediata,
‘comportarnos obrando bien para sentirnos elegidos’, es cuestionada por
teólogos porque ‘las oraciones, buenas obras y perseverancia, no podrían
determinar un decreto absoluto e irrevocable’ (lo que nos parece no es la
cuestión).
Sobre la oración del Señor, el Padrenuestro, Santo Tomás de Aquino dice
que la oración debe ser confiada para acercarnos sin vacilación al trono de la
gracia: “acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de
alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna” Hebreos 4, 16.
“(La oración) es eficaz y útil para la obtención de todos nuestros deseos, Marc
11, 24: ‘todo cuanto orando pidiereis creed que lo recibiréis’. Y si no somos
escuchados es que no pedimos con insistencia: ‘en efecto, es necesario orar
siempre y no desfallecer’ (Luc 18, 1); o no pedimos lo que más conviene para
nuestra salvación. Dice Agustín: Bueno es el Señor, que a menudo no nos concede
lo que queremos para darnos lo que más nos favorece".
Todos
tenemos conciencia de nuestra libertad para la oración. No esperamos alcanzar
lo que pedimos con nuestras solas fuerzas sino con el poder de Dios. La súplica
a Dios de sus gracias infalibles y la petición “Señor… líbranos de la
condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos”, las elevamos para cuando Dios en
su eternidad nos crea. Las gracias eficaces son efecto de la predestinación y
su causa Dios. La oración es nuestro reconocimiento a la necesidad de la gracia
eficaz e infalible para la salvación.
La salvación como finalidad. No puede carecer de sentido la creación de
nuestro Dios personal. También los grandes filósofos, a lo largo de la historia,
se manifiestan convencidos de la intervención de una inteligencia suprema
orientada a una finalidad. En Dios, lógica y amor se identifican en su plan
para nuestra finalidad sobrenatural. Dios crea a toda la humanidad con voluntad
antecedente salvífica.
“Voluntad antecedente es la que Dios tiene en torno a una cosa en sí
misma o absolutamente considerada (v. gr., la salvación de todos los hombres en
general), y voluntad consiguiente es la que tiene en torno a una cosa revestida
ya de todas sus circunstancias particulares y concretas (v. gr., la condenación
de un pecador que muere impenitente). P. Antonio. Royo Marín”.
Dios es Causa Eficiente Primera de todo ser, acto y bien. Dios no crea
al hombre para que incurra en pecados. El hombre es culpable del pecado como
causa deficiente.
Dios no puede ser frustrado por su creación. Unos merecen su condenación
eterna posterior a la previsión de sus culpas, y otros elegidos por Dios son
predestinados, moviendo su libre albedrío al arrepentimiento y reconciliación,
a la bienaventuranza eterna tras cumplir las penas de purificación.
Es
aquí donde aparecen algunas tesis distintas, cuya legitimidad es reconocida por
la Iglesia, sobre la gracia pero también sobre la predestinación.
Reiteramos que para los tomistas la gracia ‘eficaz’ no depende del
consentimiento de la creatura y cuando está presente mueve infaliblemente a la
voluntad a la realización de actos libres y de hecho nunca es rechazada. Para
los molinistas la gracia se vuelve eficaz por el consentimiento de la creatura.
En el sistema molinista, se llama ciencia media al conocimiento de Dios de las
acciones futuras posibles del hombre. Los Tomistas no aceptan un orden lógico
donde cada voluntad libre creada precedería a los decretos libres de la
voluntad de Dios.
Enseña santo Tomás de Aquino: “Así como la predestinación incluye la
voluntad de otorgar la gracia y la gloria, así también la condenación incluye
la voluntad de permitir a alguien caer en culpa y recibir la pena por la
culpa”.
Con
la gracia suficiente Dios advierte sobre el pecado (los Mandamientos, Jesús,
los Sacramentos) pero es evidente que lo permite. Es sin duda la 'libertad' tan
amada por algunos pecadores. La respuesta negativa o rechazo de la creatura
racional, sólo es permitida por Dios respecto a la suficiente moción al
conocimiento del bien. Así como Dios da gracias suficientes para prevenir al
hombre contra el pecado (y si no las rehúsa, las correspondientes gracias
infalibles para obrar el bien), sólo niega la visión beatífica a los que pecan
por su propia culpa hasta la impenitencia final. Él libremente elige entre pecadores
a los que predestina a la gloria eterna. Con las gracias eficaces infalibles
todos los pecadores son movidos a realizar de hecho algunos actos buenos (en el
plan salvífico también los malvados deben realizar algunos actos buenos). Así
como no hay gracias que muevan al acto malo, tampoco las hay que impidan el
bueno. La gracia suficiente como moción moral excita la voluntad para “resistir
el pecado, ( ) huir del mal”, pero lo relevante es que “PUEDE SER RECHAZADA
porque Dios permite el pecado”, mientras que con Su gracia eficaz mueve a obrar
el bien, también libre pero infaliblemente.La gracia suficiente 'se puede rechazar' en
sentido dividido, y también se 'rechaza de hecho' en sentido compuesto. La
gracia eficaz se 'puede rechazar' en sentido dividido pero 'no se rechaza de
hecho' en sentido compuesto. La gracia
suficiente, cuando no es rechazada, dispone a la voluntad para recibir el
auxilio infalible de la gracia eficaz.
La gracia eficaz para los elegidos es la de
perseverancia final, para la conversión y reconciliación definitivas. Además los elegidos son purificados
(Purgatorio) previo a la gloria eterna.
Dios no da la gracia de la perseverancia
final a los imperdonables.
Santo Tomás no menciona siquiera la
“reprobación negativa antecedente” (como consecuencia de la no elección de
algunos para la gloria eterna) ni la Iglesia ha emitido su juicio sobre algunas
variantes extremas, que no consideran la condición pecadora del hombre sin más
remedio que la gracia.
Se cita con frecuencia “Romanos 9” y a Santo Tomás en la Suma Teológica (Iª q. 23 a. 3 co. y a. 5 ad 3um) acerca de la “reprobación negativa antecedente’ y ‘no elegidos para la gloria eterna’. Santo Tomás no evidencia referirse a una selección, de quienes “no son elegidos” para la gloria eterna, anterior a la previsión de sus pecados. No habla de unos determinados sino de alguien, algunos indefinidos, hasta que se condenan por su propia culpa y por la permisión divina del pecado. Dice de San Pablo, que explica la voluntad de Dios en la determinación de dones, carismas, y en la elección de los que predestinará a la visión beatífica y sus grados de gloria. El Cardenal Charles Journet (“Charlas sobre la gracia”) interpreta a Santo Tomás, enseñando la distribución de los dones y destinaciones temporales, gracias carismáticas, y también de las gracias de salvación. Al respecto dice Journet: “Hay pues, como veis, “dos registros, dos planes”. En un plan, el de los dones, destinaciones temporales y gracias carismáticas, Dios es completamente libre: elige a quien le parece y rechaza a quien le parece, sin que en Él haya injusticia. En el otro plan, el de las gracias de salvación, Dios es indudablemente libre de dar a sus hijos gracias diversas y desiguales: dos a uno, al otro cinco talentos (parábola de los talentos), pero no es libre de privar a ninguna alma de lo que le es necesario (y) está obligado por su justicia y por su amor a dar a cada una de ellas, esas gracias que, si no son rehusadas, las conducirán hasta el umbral de la Patria”.
Dios es causa primera de todo, pero no es causa del pecado, ni siquiera porque no mantenga a su criatura obrando el bien.
Entonces el molinismo toma ventaja sobre el tomismo, porque según el
tomista Domingo Báñez “el pecado sería el producto de un ‘decreto permisivo
antecedente’ infalible, esto es de una decisión de Dios, previa a todo defecto
por parte de la creatura, de no dar los auxilios suficientes para que
determinadas creaturas eviten el pecado. Báñez es partidario también de la
llamada “reprobación negativa” de los condenados “ante praevisa demerita”,
doctrina que consiste en la afirmación de que la contrapartida de la elección
divina de los predestinados es la inevitable reprobación de los que no han sido
elegidos, y que esa reprobación es, por consiguiente, consecuencia de un
decreto divino que tiene una prioridad de naturaleza respecto del defecto
culpable de la voluntad creada de rechazar la gracia. La consecuencia no
intentada de esta doctrina consiste nada menos que en poner en tela de juicio
la justicia divina, deslizando una inquietante sospecha sobre la arbitrariedad
de los designios de Dios” (‘La articulación entre causalidad divina y libertad
creada…’ de Agustín Echavarría).
Reproducimos sobre este punto otro texto con distintas fuentes:
«Cualquier postura que tomemos sobre la probabilidad interna de la reprobación
negativa es incompatible con la certeza dogmática de la universalidad y
sinceridad de la voluntad salvífica de Dios, puesto que la predestinación
absoluta de los elegidos es al mismo tiempo la absoluta voluntad de Dios ‘de no
elegir’ a priori al resto de la humanidad (Suárez) o, lo que viene a ser lo
mismo, ‘excluirles del cielo’ (Gonet), en otras palabras no salvarles. Mientras
que ciertos Tomistas (Báñez, Álvarez, Gonet) aceptan esta conclusión hasta
degradar la ‘voluntad salvífica’, que entra en conflicto con doctrinas
evidentes de la revelación. Francisco Suárez se esfuerza para salvaguardar la
sinceridad de la voluntad salvífica de Dios, hasta (para) aquellos que son reprobados
negativamente. Pero en vano, ¿cómo puede llamarse seria y sincera esa voluntad
de salvar que ha decretado desde la eternidad la imposibilidad metafísica de la
salvación? El que ha sido reprobado negativamente puede agotarse en sus
esfuerzos para salvarse, pero inútilmente. Más aun, para realizar
infaliblemente el decreto, Dios está obligado a frustrar la felicidad eterna de
todos los excluidos del cielo y preocuparse de que mueren en pecado. ¿Es este
el lenguaje con el que nos habla la Escritura? No: allí encontramos a un padre
amoroso preocupado ‘no queriendo que algunos perezcan sino que todos lleguen a
la conversión’ (2 Pedro 3:9). Leonardus Lessius dice correctamente que sería
indiferente para él si estaba entre los réprobos positiva o negativamente,
porque, en cualquier caso, su condenación eterna sería cierta. La razón de esto
es que en la presente economía la exclusión del cielo significa ( )
prácticamente la misma cosa que la condenación. No existe un estado intermedio,
una felicidad meramente natural».
Varios autores utilizando significados alternativos para “reprobación
negativa y positiva” proponen que la denominada reprobación negativa es la
voluntad divina de permitir el pecado y, en consecuencia, de condenar para
siempre al pecador que muera impenitente, constituyendo así el decreto divino
de permitir que parte de las criaturas racionales caiga en el pecado. Como sea,
la universalidad de la voluntad salvífica de Dios, así no armoniza con la
no-elección absoluta para la gloria eterna, o no elección de algunos como
consecuencia de la gloria eterna de otros. La no elección de algunos,
lógicamente surtiría los mismos efectos que la reprobación absoluta positiva de
los herejes predestinacionistas.
Pensamos en un determinado orden lógico de previsión de deméritos y de
consecuente predestinación, en aquello que en la eternidad de Dios es nuestra
creación, y para nosotros nuestra “consiguiente” existencia real en el tiempo y
también finalidad sobrenatural.
Nos encontramos entre quienes no podemos aceptar que la permisión
divina del pecado incluya la negación,
anterior a la previsión de deméritos, de determinadas gracias eficaces. Sobre
“el orden: permisión del pecado, Su previsión, y negación de la gracia como
pena”, tiene plena vigencia el texto de santo Tomás (en “Comentario a las
sentencias de Pedro Lombardo” d. 40, q. 4, a. 2.), específicamente donde dice
“y de acuerdo con esto la voluntad es culpable y digna del vituperio, ya que el
mal y del que es principio la voluntad es así. Pero, si se relaciona con Dios,
no se descubre que el defecto de la gracia sea causado por Él, sino solo
permitido y ordenado de modo que el defecto de la voluntad es la causa de la
pena”. La causa reprobada es la creatura.
Asimismo, encontramos una analogía entre la permisión divina del pecado
en el orden moral, con el azar como causa- por la interacción de leyes físicas
creadas- en el orden natural. La
libertad y la voluntad son Su creación, y también dicha interacción (pero sin ser
Dios causa del pecado, y tampoco causa directa del mal, por ejemplo, en un
seísmo con víctimas que construyeron sobre una falla geológica). Como la
permisión es a seres racionales, corresponde decir que Dios es causa indirecta
del mal natural. Para una mejor comprensión reproducimos unos párrafos de
Néstor Martínez en uno de sus artículos sobre “Determinismo, indeterminismo,
azar y diseño inteligente”. “Hay que entender la distinción entre la causa ‘per
se’ y la causa ‘per accidens’. Una causa ‘per se’ produce necesariamente su
efecto en virtud de lo que ella misma es, por ejemplo, el fuego cuando
quema, eso quiere decir, justamente, que
está determinada a producir ese efecto y no otro. La tendencia natural del
fuego es a quemar. Pero que lo quemado sea una novela de Dickens en vez de una
novela de Cervantes no se sigue necesariamente de la naturaleza del fuego ni
del quemar como tales, ni es el efecto ‘per se’ al que tiende la quemadura como
tal, y sin embargo, es también un efecto del fuego y es causa ‘per accidens’ de
la quemadura de una obra de Dickens”. Se lo consulta recordando que si bien del
mal físico o natural Dios es causa indirecta, cuando castiga, es un bien moral
que Él causa directamente; entonces ¿qué causa es cuándo puede castigar a un
pecador, con el mal moral de otro pecador (por ej. una acción criminal con
consecuencias físicas)? Responde que “cuando el pecado de uno castiga el pecado
de otro, Dios permite ese pecado, que es un no ser o privación; causa
directamente como Causa Primera todo lo que en ese acto de pecado hay de ser y
de bien, y sus consecuencias, en tanto son ser, acto y bien, y al hacerlo,
causa indirectamente, como Causa Primera, el mal físico que ese ser y bien
produce en el otro pecador, al ser incompatible con otro ser y otro bien que
había en éste; con lo cual causa directamente el bien moral que es la pena por
el pecado”.
Dios todopoderoso para su plan es su propia limitación. Por ejemplo,
podría no permitir el pecado, pero ya no sería Su plan de gloria eterna para el
hombre. Siempre se entiende que ¿Quién o qué más? para que en su plan Dios
tenga prevista toda su creación.
La probable solución a la dificultad, que representa la negación de la
gloria eterna anterior a la previsión del pecado, pasa por la condición de
“libre pecador” del hombre y los grados de gravedad de sus pecados.
Sobre
la permisión divina del pecado, Santo Tomás expresa que “nada impide que la
naturaleza haya sido elevada a algo mayor después del pecado. Pues Dios no
permite el mal sino por un mayor bien. Por eso San Pablo escribe a los romanos:
donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Suma Teológica – IIIa, q. 1, a.3.)”. También dice San Pablo que por el
pecado original sobreabundó “la gracia en la persona de Nuestro Salvador y por
Él en nosotros”. La permisión, por supuesto, es anterior al pecado reprobable
de todas sus criaturas (con las excepciones conocidas de Jesús y su Santísima
Madre). Por esta razón “la reprobación es negativa en cuanto el decreto de la
voluntad divina es la de permitir el pecado y una vez previsto condenarlo” (‘Existencia y naturaleza de la reprobación’
de E. Forment). Esta permisión es universal y para todos los pecados posibles,
no es selectiva como resultaría la reprobación negativa antecedente sólo de
algunos. Se cita con frecuencia “Romanos 9” y a Santo Tomás en la Suma Teológica (Iª q. 23 a. 3 co. y a. 5 ad 3um) acerca de la “reprobación negativa antecedente’ y ‘no elegidos para la gloria eterna’. Santo Tomás no evidencia referirse a una selección, de quienes “no son elegidos” para la gloria eterna, anterior a la previsión de sus pecados. No habla de unos determinados sino de alguien, algunos indefinidos, hasta que se condenan por su propia culpa y por la permisión divina del pecado. Dice de San Pablo, que explica la voluntad de Dios en la determinación de dones, carismas, y en la elección de los que predestinará a la visión beatífica y sus grados de gloria. El Cardenal Charles Journet (“Charlas sobre la gracia”) interpreta a Santo Tomás, enseñando la distribución de los dones y destinaciones temporales, gracias carismáticas, y también de las gracias de salvación. Al respecto dice Journet: “Hay pues, como veis, “dos registros, dos planes”. En un plan, el de los dones, destinaciones temporales y gracias carismáticas, Dios es completamente libre: elige a quien le parece y rechaza a quien le parece, sin que en Él haya injusticia. En el otro plan, el de las gracias de salvación, Dios es indudablemente libre de dar a sus hijos gracias diversas y desiguales: dos a uno, al otro cinco talentos (parábola de los talentos), pero no es libre de privar a ninguna alma de lo que le es necesario (y) está obligado por su justicia y por su amor a dar a cada una de ellas, esas gracias que, si no son rehusadas, las conducirán hasta el umbral de la Patria”.
Todos reciben gracias suficientes y también otras eficaces
infalibles. Santo Tomás dice “para que
algo llegue a donde no puede alcanzar con las fuerzas de su naturaleza, es
necesario que sea transmitido por otro, como lo es la flecha por el arquero, y,
por esto, hablando con propiedad, la criatura racional, que es capaz de vida eterna,
llega a ella como si fuese transmitida por Dios” en relación a que la
predestinación se refiere al fin sobrenatural de sus criaturas, distinguiéndola
de la presciencia. Entendemos que es lo que significa santo Tomás sobre la
salvación de los elegidos.
Dios es causa primera de todo, pero no es causa del pecado, ni siquiera porque no mantenga a su criatura obrando el bien.
Sobre la elección del pecado y la libertad, comprendemos que Dios nos
crea con voluntad salvífica en la vida que transcurrimos temporalmente. La
gloria eterna es el fin sobrenatural al que predestina a quienes rescata de la
masa de pecadores de todo tipo (para Dios también los hay imperdonables). Su
voluntad salvífica es anterior a Su creación, a la “existencia real” de sus
creaturas; condena por presciencia (tras la previsión de deméritos) y salva por
predestinación (antes de la previsión de méritos) a quienes elige con su
gracia. Es esencial, entonces, distinguir la Presciencia divina de la
Predestinación de sus elegidos. Lo revela la Sagrada Escritura y lo enseña
santo Tomás en la S. T. Cuestión 23 y en su comentario a la Epístola a los
Romanos, c. 1, lect. 3: “La predestinación entraña cierta preordenación en el
ánimo de aquello que hay que hacer. Y desde la eternidad Dios predestinó los
beneficios que se les darían a sus santos. De aquí que la predestinación es
eterna. Y difiere de la presciencia por la razón de que la presciencia entraña
tan sólo el conocimiento de las cosas futuras; y la predestinación entraña
cierta causalidad respecto de ellas. Y por eso Dios tiene la presciencia aun de
los pecados, pero la predestinación es de los bienes saludables”.
Dios es, supremamente libre, omnipotente, justo y misericordioso. No
decreta arbitrariamente. Hay pecadores que merecen mayores penas que otros y es
evidente que una cantidad de seres humanos casi seguramente merecen la
condenación eterna. Unos se condenan eternamente por sus culpas y otros merecen
penas para reparar espiritualmente sus pecados. Por su voluntad antecedente y
consecuente, Dios da a todos gracias eficaces suficientes (Mandamientos,
Oración, Sacramentos) y gracias eficaces infalibles, pero la gracia eficaz
infalible que transforma al pecador moviéndolo al acto de arrepentimiento y
perseverancia final, la otorga sólo a sus elegidos.
Postulamos entonces que en lugar de una ‘no elección’ para la gloria
eterna (reprobación negativa antecedente), puede explicarse que con la condena
eterna- tras la previsión de deméritos- de quienes la merecen por sus culpas,
en el mismo acto quedan elegidos los predestinados. Es decir, que Dios habiendo creado a todos
con gracias suficientes y también otras infalibles, como un decreto inseparable
de la condenación de algunos, a otros los predestina a la salvación con la gracia de la perseverancia final.
Esta es la elección divina de predestinados a la salvación, antes de la
previsión de méritos y grados de santidad, y tras la previsión de los deméritos
de los que por sus propias culpas merecen la condenación. Es la predestinación de los no condenados. En
Dios, obviamente, corresponde a un orden lógico y no cronológico. Lo exponemos
como una analogía con la “reprobación negativa antecedente” que para algunos
sería la consecuencia lógica de no ser elegidos por Dios para la
bienaventuranza eterna. En su lugar proponemos que, al ser ellos “reprobados positiva y consecuentemente”, queda
determinada la “elección antecedente” de los que son predestinados a la
salvación, con la gracia que mueve el libre albedrío del pecador, hacia su
conversión y perseverancia final.
Cuando Dios crea a todos los hombres, con posterioridad a la previsión
de sus deméritos, pecado original y todos los que le siguen, condena a unos
eternamente y a otros impone penas de reparación. Aquí recurrimos a Romanos
5,20-21: “La ley, en verdad, intervino para que abundara el delito; pero donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia; así, lo mismo que el pecado reinó en
la muerte, así también reinaría la gracia en virtud de la justicia para vida
eterna por Jesucristo nuestro Señor”.
En su eternidad, en el mismo acto creador
“antes de la fundación del mundo” Dios elige entre la masa de pecadores, a los
que predestina a la bienaventuranza eterna previo cumplimiento de las penas de
reparación.
El purgatorio existe porque Sus elegidos lo son entre pecadores. Santo
Tomás otorga sentido lógico a la purificación, del pecador en el Purgatorio,
previa a la bienaventuranza eterna.
Tiene particular importancia lo que señala el Catecismo de la Iglesia
Católica en 600: “Para Dios todos los momentos del tiempo están presentes en su
actualidad. Por tanto establece su designio eterno de “predestinación”
incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia ( )”.
Dios tiene presciencia de nuestra existencia real. Su predestinación-
en un orden lógico- por y luego de la previsión de deméritos y antes de la previsión
de méritos, es ‘en’ o para la existencia que vivimos. Por supuesto que la elección es previa a la
existencia real del predestinado, quien como todos (a excepción conocida de la
Santísima Virgen) incurrirá en pecados antes de la perseverancia final. De
Romanos 9 surge que la verdadera predestinación está exclusivamente orientada a
la salvación.
Todos somos merecedores de condenación por Justicia, pero Dios elige
con Misericordia- entre pecadores- a quienes predestina con su gracia a la
gloria eterna. Así como los elegidos son purificados de las consecuencias del
pecado, la posterior previsión de sus méritos determina sus grados de gloria.
Santo Tomás explica admirablemente que, la voluntad salvífica de Dios
es universal, así como también su permisión para el pecado. Nadie que ame a
Dios debe caer en la desesperanza por temor a la sublime justicia y
misericordia de Dios. Él con la libertad creada mueve a la salvación a quienes
elige con su omnipotencia supremamente libre. “( ) la voluntad de Dios es la
causa universal de todas las cosas, es imposible que la voluntad de Dios no
consiga su efecto. Por eso, lo que parece escaparse de la voluntad divina en un
orden, entra dentro de ella en otro. Ejemplo: El pecador, en cuanto tal,
pecando se aleja de la voluntad divina, y entra en el orden de la voluntad
divina al ser castigado por su justicia. (Santo Tomás en Suma teológica I, q.
19, a. 6)”.
Santo
Tomás nos enseña sobre la naturaleza divina con absoluta coherencia, ideal para
superar temperamentos incrédulos. Dios acto puro, también es Su plan. Es por la
“benevolencia de la razón eterna de Dios” que procuramos comprender sus
designios, aunque ya intuimos que para Él no aplican dilemas del tipo si
primero es el pecado o la negación de la gracia. Dios Trino, con amoroso fin
último, predestina a sus elegidos “antes de la fundación del mundo”. La posibilidad
de pecar, que nos acompaña siempre en la vida temporal, no tiene que originar
ninguna resignación hacia el pecado, como si fuera invencible por la gracia de Dios; ni la pretensión de una
justificación que absuelva, sin que la gracia eficaz infalible transforme al pecador moviéndolo al acto de arrepentimiento y perseverancia
final. Tampoco debemos aceptar que luego de su conversión cada hombre no
pueda extraviarse reiteradamente, hasta nuevo arrepentimiento y Reconciliación por la gracia.
Lo que podemos llegar a entender acerca de la naturaleza de Dios, quita
importancia a algunas controversias históricas y nos une como cristianos al
reconocernos pecadores, al “confiar” en estar predestinados con
la gracia de Dios y saber que podemos arrepentirnos del pecado, caída tras
caída, rogando a Dios que nos cuente entre sus elegidos, para liberarnos del
mal. Lutero decía que el hombre no tiene libre albedrío
(voluntad) para superar el pecado. Es cierto que no podemos ´´solos´´ y que
Dios transforma con su gracia a pecadores escogidos moviendo la voluntad hacia
la conversión definitiva. El pecador es justificado por la fe en la acción
salvífica de Dios en Cristo. Confiamos en que Dios nos
transforme con su gracia para merecer
la salvación.
Es
Dios quien “antes de la fundación del mundo” elige a cuales de sus criaturas
rescata del pecado. Para Dios algunos pecadores son imperdonables, de ahí la
“negación” de la gracia infalible para merecer la gloria eterna. A los que
incurren en la obstinación final, el pecado contra el Espíritu Santo, Dios no
los perdona. Nuestro Señor Jesucristo no permite duda alguna (Mc 3,29; Cf. Mt
12:32; Lc 12:10).
Dice san Pablo: "considero que los sufrimientos del tiempo
presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros.
En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de
Dios (Rm 8,18-19)."
"No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a
la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus
peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos
pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en
Cristo Jesús (Flp 4,6-7)."
“Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, porque él quiere
que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,1-4)."
Dios predestina a la gloria eterna a pecadores. Para finalizar; por lo
expuesto afirmamos que, Dios es tan justo que nos juzga por los pecados que nos
permite cometer luego de prevenirnos y darnos gracias suficientes y eficaces; y
es tan misericordioso que entre los pecadores elige a quienes predestina, con
la gracia de la perseverancia final, para la gloria eterna.
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